El coronavirus y el asfixiante sistema económico

Mercadillo

La crisis sanitaria del coronavirus ha dejado al borde del colapso a un sistema económico asfixiante y enfermo, basado en una agresiva competitividad y productividad. La Covid-19 ha mostrado al mundo que las empresas y trabajadores vivían agobiados por los procesos, los objetivos, los presupuestos, el ahorro de costes, los márgenes y la mejora continua. Todo ello dentro de un marco regulatorio complejo y un sistema fiscal desequilibrado. Todo esto ha saltado por los aires en apenas dos meses. Toca ahora reconstruir un modelo que ha venido funcionando desde el final de la Segunda Guerra Mundial y que se ha agravado con la globalización y el uso de las nuevas tecnologías.

El sistema socieconómico mundial se había convertido en un complejo engranaje donde todo parecía funcionar a la perfección siempre y cuando no se produjera ningún imprevisto. Siempre y cuando ninguna rueda dentada se desencajara. ¿Por qué una empresa, ya sea una multinacional o un pequeño negocio, no es capaz de resistir tres meses sin actividad si no es con la ayuda del Estado? Porque la competitividad les ha llevado a vivir sin apenas margen, sin colchón. Los pequeños comerciantes se habían acostumbrado a vivir sin apenas vacaciones porque no podían permitirse el lujo de cerrar unos días. Los fabricantes de automóviles han implantado sofisticadas cadenas de montaje, eficientes sistemas logísticos y redes de proveedores para arañar un puñado de euros al precio de sus vehículos y ganar cuota de mercado. Todo ello a costa de una vuelta de tuerca a todos los actores: las empresas suministradoras, las plantillas, las contratas, la red comercial…

La oferta y la demanda

Un ejemplo palpable se ha visto en las cadenas de distribución. Todo se encuentra absolutamente medido. Desde el pienso que debe comer un pollo para alcanzar los 2,2 kilos en 45 días hasta los tiempos que debe dedicar una cajera en pasar por la cinta un carro de compra. Por este motivo, ahora muchas empresas ven con desolación que dejan de ser viables si deben limitar aforos, implantar protocolos sanitarios o elevar sus gastos logísticos por tener stocks de producción.

Este sistema económico que nace de las teorías capitalistas de Adam Smith y John Locke ha llevado hasta límites insospechados la ley de la oferta y la demanda, que rige todos los sistema de formación de precios, desde las materias primas hasta los costes laborales pasando por los mercados inmobiliarios y financieros, incluidos los bursátiles. ¿Qué ha pasado desde febrero de 2020? La terrible elasticidad de precios que nos ha facilitado la tecnología provoca que de un día para otro las cosas pierdan o multipliquen su valor, ya sean empresas, el petróleo o mascarillas de simple celulosa.

Mercados sin tendencia alcista

Este sistema basado en la competitividad ha impregnado todos los aspectos de la vida. El sistema educativo, desde el ciclo 0-3 hasta la formación continua de trabajadores en activo, está basado en una asfixiante adquisición de competencias. Todo esto ha saltado por los aires con los centros educativos cerrados. Este año no va a haber juegos olímpicos, pero Tokio 2021 va a demostrar que superar récords están al alcance de pocos.

Trasladado a los mercados financieros, el coronavirus aleja las esperanzas de recuperar tendencia alcista que históricamente han tenido las bolsas tras las Guerras Mundiales. Wall Street muestra síntomas de fatiga tras sus máximos históricos, sustentados por las firmas tecnológicas. Europa, Japón y los emergentes se han instalado en la lateralidad desde hace años. Es un terreno abonado a la especulación pero que penaliza al inversión a largo plazo. Este inversor es precisamente el potencial cliente de las entidades bancarias, un sector que necesita redefinir su negocio.

Autor entrada: Redacción

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